lunes, 25 de octubre de 2010

El Jarro.

Por Antonio De Marcelo Esquivel.

El jarro.

Como a los 18 años tuve la conciencia de la riqueza que significa tener raíces culturales arraigadas y una identidad sólida, porque de ahí depende en gran medida la seguridad del individuo y su anclaje a la tierra, al espacio y la familia. Quizá esta sea una de las razones por las que no corrí a la frontera norteamericana en busca de fortuna como lo hicieron mis amigos de la infancia, que un buen día hicieron maletas y se marcharon dejando solitaria la calle donde miles de veces jugamos al futbol, bolillo, burro castigado, escondidas, trompo, canicas o bien descansamos sentados en la tierra mientras contábamos historias. Fue a la misma edad cuando se me ocurrió llevar a mi abuelita a la preparatoria para que hablara en náhuatl y contar historias del pueblo a mis compañeros de lucha, aquellos con los que soñaba cambiar el mundo, hacer una sociedad mejor y más equilibrada; pero no se pudo y me quedé con las ganas de mostrarle al mundo mis raíces, esas en las que sustentaba mi pasado y quizá mi futuro. Antes no pensaba lo mismo, como muchos niños me daba pena las faldas de tafeta amplias que usaban mi abuelita y tías sobre todo los días domingos, las trenzas largas, hasta que un día caí en la cuenta que somos lo que somos y nada lo puede cambiar, pero sobre todo que no hay nada que pueda dar más orgullo que una riqueza natural de la que pocos pueden presumir. Yo creo que dejé atrás esa pena cuando inicié mi carrera de lucha social y consolidé esto al escuchar hablar en su cátedra a Huberto Batiz en la facultad de filosofía, al decir que sus amigos hablaban tanto de lo aprendido que él se sintió chico, mientras que su mentor le decía –Pues háblales de lo que tú sabes, ellos saben una cosa, tu sabes otra- entonces pensé: tiene razón, unos tienen una cosa y otros tenemos las propias. Y quice más a mis abuelas y abuelos, incluso me sentí apenado de mis años de adolescencia y niñez, claro con la fortuna de que pude sentarme a mirar a mis abuelas a los ojos mientras trataba de descifrar el pasado de reír cada una, escuchar la historia que las había llevado a vivir casi un siglo y no rendirse. Me hubiera gustado escuchar de sus labios aquellas historias que mi papá nos contaba de niños, cuando narraba de los nahuales, del muerto que llamaba a mi abuelo por las noches o de la muerte que merodeaba por el pueblo para llevarse a ahogar a los borrachos trasnochados al haguey o de la tierra pródiga en que mi mamá corrió de niña mientras mi abuelo araba la tierra para dejarla lista antes de las lluvias. Pero no escuché mucho, quizá deba conformarme y retomar las historias que aún brotan de los labios de mi mamá cuando cuenta de los ríos caudalosos en que se bañaba, o de cuando mi papá iba a raspar los magueyes para juntar el aguamiel para el pulque, no me queda más que mirar como mi mamá recobra esas cosas que nos sorprenden, porque verdad o coincidencia ofrecen resultados como aquella vez cuando dejamos salir al perro y éste quizá se perdió o fue atrapado porque no volvió en dos días, entonces mi mamá sacó un jarro y le empezó a llamara a bocajarro “Carameloooo”. Nadie dijo nada, pero al rato llegó el perro cansado tomó agua y se echó para dormir todo el día, no sabemos qué le hizo volver: si la suerte de librarse de una prisión, sus ganas de estar en casa o el llamado en el jarro que mi mamá hizo y que me tiene hoy sorprendido, y sin ganas pero con la idea que cuando alguien se marche siempre podré llamarle con el jarro para que vuelva, aunque ahora tengamos el celular o e-mail.

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